viernes, 16 de enero de 2009

La niña y la mariposa





Solo tenía seis años y odiaba que sus padres la abandonaran todos los viernes por la tarde cuando se iban a hacer la compra. El piso donde vivían era pequeño. Ella se quedaba sentada en el sofá del salón, con los brazos cruzados, suspirando de aburrimiento. A veces leía tebeos o se llevaba las muñecas de su cuarto para enseñarles la calle a través de la cristalera del salón; les mostraba la inmensidad del mundo, y lo desconocido e interesante que a ella le parecía. En esta ocasión la tarde se vaticinaba especialmente aburrida. Hacía tiempo que había devorado y releído los tebeos que ya no le daban risa. Sus muñecas estaban hartas de mirar por la ventana, de hecho, no se sentía comprendida por ellas; pensaba que de noche la criticaban por su extraña obsesión por el exterior. En el fondo ella sabía que eran muy distintas; no eran niñas valientes e intrépidas como ella; desconocían la hermosura de los suaves días de primavera.
Así que, allí se quedó, sentada en el sofá con los brazos cruzados. La televisión por su puesto estaba apagada y desenchufada; imposible encenderla, sus padres solo le permitían verla cuando estaban ellos.
El calor se hacía especialmente intenso, así que decidió descorrer un cristal del inmenso ventanal. Asomó la cabeza y se puso a observar la calle. El día estaba cargado por los aromas de las flores, pero estaba tan aburrida que ni eso la consolaba.
En ese momento entró una mariposa. Una preciosa mariposa blanca, aleteando atravesó el vano haciendo piruetas y cruzó la habitación tomándose su tiempo. A la pequeña se le iluminó el rostro. Se dirigió a la cocina, atolondradamente, si tan siquiera cerrar la ventana. En la cocina buscó desesperadamente un tarro de cristal, de esos que empleaba su madre cuando preparaba compota o donde rellenaba la miel. Después, volvió al salón. En un principio no vio nada. Pero a los pocos segundos reapareció su bailoteo alado y elegante. Se había posado en uno de los brazos de la lámpara. La observó detenidamente. Estudió cada uno de los movimientos de su trayectoria voladora. Cómo pintaba el aire de tonos claros. Hasta que se posó de nuevo en la araña del techo. Apoyó el tarro en la mesa situada en el centro del salón. Se subió a una silla y contempló su belleza más de cerca. Quería capturarla, pero tenía mucho miedo de hacerle daño. Recordó lo que en una ocasión le dijo su madre: “Cariño, las mariposas son como las hadas; ambas necesitan de su polvo mágico para poder volar”. Entonces pensó que desde luego ella no quería estropeárselo.
La mariposa pareció escuchar sus pensamientos y volvió a alzar el vuelo. La niña bajó de la silla, un poco asustada.
Entonces fue cuando pasó algo sorprendente. La mariposa se acercó con su majestuoso aleteo a la niña y se posó en su mano. Ella abrió la palma y el bello lepidóptero camino a través de sus líneas, como si le quisiera leer el futuro. La joven subió la mano hasta la altura de sus ojos, la miró fijamente a los suyos. La mariposa se elevó de nuevo en un zigzag, cosiendo el aire con un hilo blanco y se marchó por la ventana abierta.
La pequeña se asomó por la ventana para despedirse. Abajo, en la calle, estaban sus padres a punto de llegar al portal. A la niña le inundó una inmensa alegría.

Marcos Arjona




3 comentarios:

INVENTANDO CON FIELTRO dijo...

Que historia más bonita!!
Quien no ha disfrutado viendo aletear una mariposa blanca!!
Dicen que cuando se te posa, vas a tener una visita o una sorpresa grata!!
Para esa pequeña niña fueron sus padres!!
Me ha encantado!!
El broche es precioso!!
bss

Luna Encaprichada dijo...

la verdad es que el relato y el broche son los dos preciosos

Hada Acaramelada dijo...

Muchas gracias chicas!:)